Recuerdo cuando de pequeños poníamos nuestras manos detrás de la espalda cruzando los dedos, para que lo jurado no se cumpliese jamás. Éramos inocentes y creíamos que podíamos burlar a la verdad y disfrazar nuestra mentira. Pero “se pilla antes a un embustero que a un cojo”. No extraña que Jesús se oponga a los juramentos, en los cuales se ponen a los demás, amigos, familiares, o al mismo Dios como garantía de nuestra honestidad y sinceridad. Hemos de hacernos creíbles por nosotros mismos, con nuestro “sí” o “no”, sin jugar con la credibilidad de los demás en beneficio propio..
Miguel.
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